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Madrastra Carmen y su hijastro Alex

—¿Dónde estás, mamá?—, gritó Alex, de 18 años, al entrar en la cocina. La respuesta no se hizo esperar.


—Aquí, cariño—, dijo su madrastra, Sara, asomando la cabecita por la puerta del baño—. Estoy en el baño.

Alex suspiró aliviado. Su papá biológico, Juan, había fallecido hacía un mes, y la soledad que sentía era insoportable. Sara, la esposa de Juan, lo acogió con los brazos abiertos, y ahora que no había nadie más en la casa, la presencia de su madrastra se volvía cada vez más vital.

—¿Te puedo hablar un minuto?—preguntó Alex.

Sara salió del baño, se secó las manos y se acercó a su hijastro. Llevaba un albornoz suelto que le permitía vislumbrar la curva de sus pechos y las piernas tonificadas. A Alex se le aceleró el pulso al verla. No podía evitar que su mente divagara, recordando las conversaciones con sus amigos acerca de lo sexys que podrían ser las madres de sus amigos.

—Claro, mi vida, qué pasa—, dijo Sara, con una sonrisa cargada de amabilidad.

Alex le contó sus dudas, sus miedos y su confusión por la pérdida que acuciaba la vida de la que ahora se sentía tan sola. Sara lo escuchó atentamente, sus ojos marrones llenos de compasión. Su piel, aun a la luz del mediodía, parecía brillar con una suavidad que desafiaba su edad. La veía ahora con ojos de adolescente, no de la figura maternal que le daba cobijo.

—Sabes, Alex—, dijo Sara, acariciando su mejilla—, la vida sigue. Y tenemos que cuidarnos el uno al otro.

Sus manos se detuvieron por un instante, y Alex no pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió la espalda. La miraba fijamente, intentando descifrar si su madrastra podía leer sus pensamientos. La atracción que sentía por ella se volvía cada vez más intensa, y no sabía qué pensar de ello.

Más adelante, Sara le preparó la comida favorita de Juan, un gesto que tocó profundamente el corazón de Alex. Mientras comía, no podía quitar los ojos de ella. Cada movimiento que hacía, cada gesto, cada sonido que emitía su boca al masticar, era para él, una tentación que se hacía cada vez más difícil de resistir.

—¿Te gusta la comida, Alex?—, le preguntó Sara, notando su atención.

—Sí, mamá—, respondió, y por un instante, la vida volvió a parecer normal.

Pero la normalidad no duró. Al terminar de comer, Alex se levantó para ayudarla con los platos, y al doblar la esquina, la vio. Sara, desnuda, saliendo del baño. Ella se detuvo en seco, sus ojos se abrieron de par en par, y por un breve instante, se miraron el uno al otro sin saber qué decirse.

—Lo siento—, balbuceó Alex, dando media vuelta para no invadir su privacidad.

Pero la puerta se cerró lentamente, y la imagen de su madrastra, desnuda y vulnerable, se grabó en su mente, despertando un deseo que no podía controlar.

—No pasa nada, Alex—, susurró Sara, sin intentar cubrirse.

Alex se volvió lentamente, y la vio parada allí, su figura de ensueño iluminada por la luz que se colaba por la ventana. Su vientre plano, sus senos caídos por el peso de los años, y su entrepierna cubierta por una tupida alfombra de vello rubio. Ella le sonreía tímidamente, sus mejillas enrojecidas por la situación.

Sin saber qué le impulsó, Alex se acercó a Sara, su corazón latiendo con fuerza. Ella lo miraba, expectante, sus pezones erectos por la brisa que entraba por la ventana.

—Mamá... no debería...—, empezó a balbucear, sin saber qué pensar.

Pero Sara levantó la mano y la puso en el pecho de Alex, acariciando suavemente.

—No hay que preocuparse por lo que la gente piense, mi vida—, dijo, su aliento caliente acariciando su cuello—. A veces, las cosas pasan.

Sus dedos se deslizaron por su piel, bajando lentamente, y Alex se rindió a la tentación. Su propia excitación se hacía evidente, su miembro ya duro presionando contra su entrepierna.

Con cuidado, Alex bajó el albornoz de Sara, revelando por completo su anatomía. Sus ojos se fijaron en su sexo, ya humedo por la excitación. Ella suspiró, aceptando su mirada.

—Sara...—, murmuró, acercando su boca a la de su madrastra.

El beso fue suave, tímido, lleno de un deseo reprimido que se desbordaba por fin. Sus lenguas se enroscaron, y sus manos se aferraron a la espalda de la otra, deseando cada centímetro de piel que el contacto les permitía.

Con la excitación que no podía contener, Alex bajó la mano, acariciando el sexo de Sara. Ella jadeó suavemente, apreciando cada toque. Con la yema del dedo, empezó a trazar círculos alrededor de su clítoris, que se endurecía por el placer que le brindaba.

Sara, por su parte, bajó la mano del muchacho y la puso en su miembro, empezando a masajearlo suavemente. Alex se quejó, empujando la cadera en respuesta.

—Shh, cariño—, la calmó Sara, guiando a Alex—. Ven aquí.

Lo empujó suavemente, y Alex cayó de rodillas, su cara a la altura del sexo de su madrastra. Con los ojos cerrados, se acercó a sus labios vaginales, que olían a jazmín y a la vida en plena madurez.

—Hazlo despacio—, le susurró ella, y Alex empezó a frotar su pene contra la entrada de su vagina, el preludio de lo que se convertiría en una experiencia que marcaría su vida para siempre.

Cada movimiento que hacía, cada toque que sentía, era un fuego que avivaba la pasión que ya ardía en su interior. Sara gimió al sentir la dureza del miembro de su hijastro, y su respiración se volvió jadeante. Alex, por su parte, se sentía embriagado por el aroma a sexo y a deseo que emanaba de su madrastra.

Con la punta de su pene, Alex empezó a acariciar la entrada de la vagina de Sara, que se abría lentamente, invitando a la invasión. Ella apretaba la mandíbula, conteniendo el grito que se le atragantaba en la garganta. El calor, la humedad, la suavidad de sus labios... todo era demasiado para que el joven aguantara por más.

—Por favor, Alex—, jadeó Sara—. Métemelo ya.

Sin pensarlo dos veces, Alex empujó, deslizando su pene en la cueva que le ofrecía su madrastra. Ella gimió, y su rostro reflejó una combinación de placer y sorpresa al sentir la penetración. Él se movió lentamente, acostumbrando a su miembro a la temperatura y al ajuste que le brindaba su vagina.

—¿Te gusta?—, le susurraba Alex al oído, besando su cuello.

Sara asintió, y su respiración se volvió cada vez más agitada. La sensación de su pene adentro era indescriptible, llenando cada rincón de su ser, despertando un deseo que no sabía que existía.

Más adelante, la velocidad de las embestidas se incrementó, y los sonidos que salían de la boca de Sara se hicieron más guturales. Alex la miraba, atónito, no podía creer que estuvieran haciendo aquello, que su madrastra se estuviera entregando a él de aquella manera.

Su ritmo se volvió frenético, y Sara se agarró a la silla para no caer. Sus piernas temblaban, y sus ojos se nublaron a medida que el orgasmo se acercaba. Alex sentía que su propia vida se escapaba de sus manos, que cada empujón que daba era la vida que se le iba a su madrastra.

Y de repente, sucedió. Con un grito, Sara se estremeció en su clímax, su vagina apretando el pene de Alex con una intensidad que le dejaron sin aliento. El chico no pudo contenerse y eyaculó, llenando la cavidad de su madrastra con su semen.

Ambos se detuvieron, jadeando, mirando el uno al otro sin saber qué pensar. La habitación se llenó de un silencio incómodo, roto solo por el sonido de la respiración agitada.

—¿Lo sientes?—, le dijo Sara, con la mirada baja.

Alex asintió, aún sin saber qué pensar de lo que acaba de suceder. Había cruzado un límite, y ahora que lo había cruzado, no podía imaginar la vida sin la sensación de la vagina de Sara apretando su pene.

—Déjalo ahí, cariño—, susurró Sara—. Deja que sienta la leche adentro.

El muchacho se estremeció al escucharla, y la obedeció. Dejando su pene adentro, notó el calor del semen calentando sus entrañas, y la sensación le resultó extraña y al mismo tiempo, irresistible.

Así fue el comienzo de su relación, una combustión de deseo que los envolvería en un ciclo de incesto y pasión sin fin, en el que el sexo se convertiría en la droga que llenara el vacío que la pérdida de Juan les había dejado. A medida que pasaron las semanas, la depravación se fue apoderando de la vida de Alex y Sara. Cada rincón de la casa se transformó en un escenario erótico en el que se adentraban sin temor a ser descubiertos.

Una noche, en la habitación que Alex ahora compartía con Sara, la escuchó llorando en silencio. Intrigado, se acercó a consolarla, y descubrió que la ausencia de Juan la atormentaba aún más de lo que creía. Sin pensarlo, la abrazó, y ella, con la piel desnuda y la piel fría del deseo no saciado, le devolvió el abrazo con tanta intensidad que el chico no pudo evitar que su pene se pusiera duro de inmediato.

Sara notó la erección y, sin dejar de llorar, le susurró:

—¿Me lo puedes dar, Alex? Necesito que me llenes de tu calor.

Aquél fue un gesto de consuelo que se tornó en un torbellino de lujuria. Alex, con la duda en la mente, la penetró con suavidad, llenando de vida a la vagina que ahora era su refugio. Sara se aferró a él, y sus sollozos se convirtieron en gemidos de placer. Con cada embestida, la angustia parecía desaparecer, sustituida por la carne que se deslizaba, por la unión de sus fluidos que se volvía cada vez más apasionada.

El chico la poseyó sin contemplación, embriagado por el aroma a sexo y a la edad madura que la envolvía. Sara, por su parte, se entregó a la furia de la lujuria, acogiéndole en cada centímetro de su ser. La noche se llenó de jadeos, de susurros sucios y de la pegajosa melodía del placer que se desataba en cada rincón de la habitación.

Conforme avanzaba el acto, Alex se dio cuenta de que la vida sin Juan ya no era una cárcel, sino un espejo que le reflejaba su propia lujuria. Con cada penetración, la vagina de Sara se adaptaba a su pene, que crecía en tamaño y en confianza, y el muchacho sentía que la vida se le iba de las manos, que la normalidad se desvanecía en cada gemido que la madura vagina de su madrastra arrancaba de su garganta.

Ya no podía parar. Ni siquiera quiso. El ciclo de placer y culpa se volvía cada vez más intenso, y la adrenalina que les acompañaba era su propia vida, su propia sangre que fluía en cada orgasmo compartido.

Más adelante, Sara se volvió cada vez más atrevida. Le propinó duros mordiscos en la espalda, le gritó obscenidades que jamás hubieran cruzado su mente, y le mostró la cara que la vida le deparaba si no se atrevía a tomar el control. Y Alex, en un acto de rebeldía, la dominó, la penetró sin piedad, la llenó de su semilla, la marco con la furia de la juventud que desafiaba a la soledad.

Su relación se fue volviendo cada vez más depravada, y la culpa se volvió un espejo roto en el que se miraban para ver la bestia que la pasión les había despertado. Sin embargo, no podían dejar de desearse, de buscarse, de amarse en la oscuridad del pecado. Cada noche era la continuación de la anterior, un ciclo sin fin en el que el deseo era la cadena que los unía, y la culpa, la soga que les apretaba el cuello.

Alex descubrió que la experiencia de Sara era un océano sin fondo. Aprendió a complacerla, a leer sus deseos, a adorar cada rincón de su anatomía madura. Ella, a su vez, le mostró la pasión que se escondía detrás de la tristeza de la viudez. Con cada caricia, cada beso, cada mordisco, se convertía en la droga que el muchacho anhelaba cada noche.

Durante el día, se esforzaron por mantener la fachada de una relación normal. El luto por Juan se volvía cada vez más lejano, y la vida se fue llenando de silencios incómodos y sonrisas forzadas. Sara se volvía cada vez más seductora, y Alex no podía evitar que sus ojos se deslizaran por su figura, que sus manos temblaran al tocarla sin intenciones.

Pero la noche caía, y con ella, la mascarada se desvanecía. Sara le pedía a Alex que la poseyera con furia, que la llenara de vida, que la hiciera sentir la pérdida que la atormentaba. Y Alex, sumergido en la pasión que no podía controlar, la penetraba, la besaba, la mordía, la lamía, la acariciaba, la amaba con la violencia que el incesto les permitía.

Un sábado por la mañana, Alex se despertó con la boca seca y el sabor a sexo en la boca. Sara no estaba en la cama. Se levantó y fue en busca de ella, siguiendo el aroma a café que se colaba por la puerta de la cocina. Al entrar, la vio allí, con una camisa de su padre que le cubría a medias, y la tela se transparentaba con la luz del sol, mostrando su sexo depilado y húmedo. Ella le sonreía, la tentación personificada.

—¿Quieres desayunar?—, le ofreció.

Alex asintió, la excitación creciéndole en el pecho. El deseo que sentía por su madrastra era insaciable, y cada mañana era un reto para no arrastrarla de nuevo a la cama. Ella se movía con gracia, preparando el desayuno, y la visión de sus nalgas redondas y su espalda desnuda le hacía temblar.

Más adelante, la tensión se hacía insoportable. Alex no podía creer que la vida le hubiera regalado semejante experiencia, que la vagina que le daba vida cada noche le perteneciera, que la figura que adoraba en la clandestinidad de la noche fuese la que ahora compartía su café de la mañana.

Sara le sirvió el desayuno, y sus manos se tocaron. Ella lo miró, y en sus ojos, el muchacho pudo ver la sed que ella sentía, la que solo su miembro podía aplacar. Sin decir una sola palabra, se levantó de la silla y la tomó por la cintura, acercando su rostro al de ella.

El beso fue el detonante. Sara se aferró a su cintura, levantando la camisa para que su pene pudiese acariciar su sexo. Alex no pudo resistir la tentación y empujó, entrando en la madura vagina que le acogía con la calidez del pecado. La mesa crujió, los platos se cayeron, y el café se derramó en el piso.

Pero nada de eso importaba. Solo importaba el placer que se desataba entre los dos, el sonido de la carne chocando contra la carne, los jadeos que se fundían con los gritos. Sara se movía con la desesperación de la que busca la vida, y Alex la penetraba con la furia del que no quiere dejar ir la noche.

Más adelante, la vida en la que se encontraban se volvió rutinaria. La escuela, el trabajo, la soledad que la noche les regalaba. Sin embargo, la tensión sexual se palpaba en cada rincón de la casa. Cada mirada, cada toque casual, se volvía una declaración de intenciones, un preludio a la fiesta de lujuria que se celebraba en la intimidad de la habitación.

Sara, que antaño era una ama de casa dedicada, se volvió una adicta al sexo. Ella que no se atrevía a hablar de sus deseos, ahora le pedía a Alex que la hiciera gemir, que la llenara, que la hiciera sentir la vida que la faltaba. El chico, que no creía en la vida sin su papá, la amaba cada noche con la intensidad que la ausencia le robaba.

Y la vida siguió, con su ciclo de placer y culpa, de silencios y gemidos, de luz y sombra. Cada noche, la habitación se llenaba de un brillo que solo la pasión podía brindar. Los espejos se empañaron con la vida que se desataba, los muebles se quejaban con cada embestida, y la cama se hundía con el peso del deseo que no envejecía.

Espero que les haya gustado la historia.
Si quieren que la continúe me lo hacen saber en los comentarios

2 comentarios - Madrastra Carmen y su hijastro Alex

Mirlo2000
Quien ha tenido sexo con familiares o le tenga ganas a algun familiar ? Al privado
Mirlo2000
Quien ha tenido sexo con familiares o le tenga ganas a algun familiar ? Al privado