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Mi suegra coge riquísimo

Mi suegra, Eva, siempre ha sido una mujer muy atractiva. Con sus 42 años, sigue conservando un cuerpo de infarto y una actitud seductora que me vuelve loco. Desde hace un tiempo, he sentido una atracción irrefrenable hacia ella, pero nunca imaginé que algún día llegaríamos a tener un encuentro íntimo.
Era un caluroso sábado por la tarde y estábamos solos en casa. Mi esposa había salido de viaje por trabajo y Eva se había quedado para ayudarme con algunas cosas. Estábamos en la sala viendo televisión cuando de repente ella se acercó a mí con una mirada lujuriosa en sus ojos.
"¿Sabes algo, cariño?", susurró. "He estado pensando en ti todo el día y en lo mucho que me atraes."
Mis manos comenzaron a temblar de deseo mientras la miraba fijamente. Sin decir una palabra, me acerqué lentamente a ella y la besé con pasión. Eva respondió con igual fervor y pronto estábamos enredados en un apasionado beso que encendió la chispa de la lujuria entre ambos.
Sin dejar de besarnos, Eva comenzó a desabrocharme la camisa, deseando explorar cada centímetro de mi cuerpo. Sus manos suaves recorrían mi piel, enviando escalofríos de placer por todo mi cuerpo. Me acerqué a su cuello y comencé a besar y lamer cada rincón, mientras ella gemía de placer.
De repente, Eva se arrodilló frente a mí y desabrochó mi pantalón. Sin decir una palabra, tomó mi miembro en su boca y comenzó a hacerme una mamada que me dejó sin aliento. Succionaba con avidez, mientras sus ojos me miraban con deseo. No pude contenerme y gemí de placer mientras ella continuaba con su experta labor
"No puedes resistirte a mí, ¿verdad?" susurró, su aliento cálido acariciando mi piel.
Agarré su cabello con fuerza, presionando su cabeza hacia abajo mientras disfrutaba de la sensación de su lengua juguetona recorriendo cada centímetro de mi erección. Sus labios suaves envolvían mi glande, chupando con fervor mientras yo gemía de placer.
Cuando finalmente no pude contenerme más, la levanté y la besé con pasión. Sus labios sabían a pecado y lujuria, y su cuerpo ardía bajo mis manos.
Fue entonces cuando Eva me dijo con voz sensual: "Ahora quiero que me pongas de perrito y me des bien duro. Quiero sentirte dentro de mí."
No podía creer lo que estaba pasando, pero mi deseo por ella era tan fuerte que no pude resistirme. La puse en posición, y lentamente comencé a penetrarla, sintiendo cómo su ardiente interior me envolvía por completo. Eva gemía y suspiraba de placer, pidiéndome más y más. Mis embestidas se hicieron más intensas, más profundas, y pronto estábamos en un frenesí de deseo y pasión desenfrenada. Mis manos recorrían su espalda, agarrándola con fuerza mientras continuaba embistiéndola con ansias de más.
"Ay, papi, más fuerte... ¡Dame más duro!" gritaba Eva entre gemidos.
Seguí embistiéndola con fervor, disfrutando cada segundo de aquel encuentro prohibido y excitante. Mis manos aferraban sus caderas con fuerza, mientras ella se retorcía de placer bajo mis embestidas.
"¡Sí, sigue así! ¡Qué rico me estás cogiendo! ¡Nadie nunca me había culeado así!” Eva gimió con fuerza, mientras sus uñas arañaban el sofá en medio del éxtasis. Su cuerpo temblaba con cada embestida, y su rostro reflejaba el placer que le estaba proporcionando aquella intensa sesión de sexo.
"¡Dios, Eva, eres increíble!" exclamé, incapaz de contener mi excitación.
Eva sonrió con picardía, sus ojos brillando de deseo. Nuestros cuerpos sudorosos se movían en perfecta armonía, buscando el placer mutuo en cada embestida. Podía sentir cómo su interior se contraía alrededor de mi miembro, apretándolo con fuerza y haciendo que mi excitación aumentara cada vez más.
 “¿Eres mi putita, verdad?” pregunté entre jadeos, sintiendo cómo el placer me consumía por completo
"Sí, sí... soy tu putita, papi. Hazme tuya", respondió ella con voz entrecortada de placer.
Eva se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos en el sofá mientras seguía siendo embestida con furia. Su cabello caía en cascada sobre su espalda, y su piel brillaba con el sudor del esfuerzo. Sus gemidos se volvían más intensos, indicando que estaba cerca de alcanzar el clímax.
Sin decir una palabra, se levantó de la posición de perrito y me empujó suavemente hacia atrás, haciéndome recostar en el sofá. Se subió encima de mí, colocando sus rodillas a ambos lados de mi cintura y guiando mi miembro hacia su interior. Se movía con destreza y habilidad, marcando el ritmo y la intensidad de nuestro encuentro con maestría.
Era una visión increíble verla cabalgando sobre mí, con sus pechos firmes y erguidos balanceándose con cada movimiento, sus caderas ondulantes y suaves rozando mi cuerpo en un delicioso vaivén de placer. Eva se movía con una pasión desenfrenada, entregándose por completo al éxtasis del momento.
"¡Ah, sí, Eva! ¡Te mueves tan bien! ¡Eres increíble!" gemí extasiado, sintiendo cómo el placer me invadía por completo.
Eva sonrió con picardía al escuchar mis palabras y aumentó el ritmo de sus movimientos, llevándonos a ambos a nuevas alturas de placer y deseo. Sus caderas se movían en círculos, subiendo y bajando con un ritmo que solo ella podía controlar. Cerré los ojos y me abandoné por completo al placer que me estaba brindando mi suegra, disfrutando de cada segundo de aquella experiencia única.
“¿Te gusta, papi? ¿Te gusta cómo monto tu verga?” preguntó Eva con voz seductora, mirándome fijamente a los ojos.
“Sí, me encanta. Eres increíble en la cama” respondí entre gemidos, disfrutando de cada embestida
"¿Lo hago mejor que mi hija?" preguntó Eva con voz suave pero llena de picardía. Sus palabras me sorprendieron, pero no pude evitar sonreír ante la pregunta.
"Sí, Eva. Coges mucho mejor que ella", respondí con sinceridad. Eva sonrió satisfecha, complacida por mi respuesta.
"¿Y lo hago más rico?" preguntó nuevamente, sus ojos buscando una confirmación que sabía que le daría.
"Sí, Eva. Lo haces mucho más rico. Eres toda una puta en la cama", respondí, sintiendo cómo mi excitación aumentaba con cada palabra dicha.
No pude resistirme más y la tomé con fuerza de la cintura, intensificando nuestros movimientos y llevándonos a ambos al límite del placer. Sentía que estaba cerca de llegar al clímax, pero quería hacerlo de una manera especial. Así que le dije a Eva: "Quiero darte mi leche en la boca. ¿Te gustaría eso, mi amor?"
Eva asintió con ansias y se arrodilló frente a mí. Abrió la boca de par en par y me pidió con voz seductora: "Dámela toda, papi. Quiero tomarme tu lechita rica."
No pude resistirme más y finalmente llegué al orgasmo, soltando mi leche caliente en la boca de Eva. Ella la recibió con gusto, saboreando cada gota y mirándome con ojos llenos de deseo y satisfacción.
 

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